
Emilio Álvarez Icaza está siendo impulsado por varias organizaciones para presidir la Comisión Nacional de Derechos Humanos, principalmente por su posición abortista. La Arquidiócesis Primada de México ha visto con preocupación que alguien con una opinión en contra de la vida pueda ocupar ese puesto ya que el derecho a la vida es el derecho humano que rige a los demás.
Para algunas personas el tema del aborto tiene que ver con opiniones políticas y otras consideramos que es un asunto de humanidad y valores. La calidad de una persona se mide por el respeto que tiene a la vida humana; y el encargado de defender los derechos fundamentales de los hombres tendría que estar formado más que en un estado de derecho en una cultura del derecho, que tiene que ver con una cultura de vida.
Sin embargo, lo verdaderamente preocupante en Álvarez Icaza es su descalificación constante a la expresión de las opiniones religiosas. En 2007 expresó que “Los púlpitos no son urnas ni son curules, entonces si la gente quiere participar en la discusión de lo público que lo haga con las instituciones de la democracia”. ¿No se supone que uno de los derechos humanos es la libre expresión?
La Declaración Universal de los Derechos Humanos dice en su artículo 19: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y de recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.”
Cuando era estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México en las asambleas estudiantiles se escuchaban abucheos más que razones y eran los gritos los que prevalecían hasta que el grupo que más gritaba determinó que “sólo la parte democrática -la suya, según ellos- podía entrar en las discusiones y tomar resoluciones”. Todos los demás estaban excluidos. Esa es la lógica que ha mantenido Álvarez Icaza, la de no escuchar e incluso solicitar que quien no esté conforme con su opinión sea acallado.
En sentido estricto el clero católico no debe ejercer el poder político pero está en su esencia la autoridad espiritual, que debe afirmarse, que debe expresarse como doctrina social. En la historia existen varios ejemplos de regímenes que han excluido la libertad de expresión como el nazi y el soviético. No son, por cierto, los mejores ejemplos de los derechos humanos.
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