
Gabriel García Márquez es, desde hace muchos años, una marca comercial utilizada por grupos de izquierda al que todo se le permite y hasta festeja. En lo personal, encuentro una tremenda inconsistencia entre la imaginación de
Cien años de soledad, una obra que por sí sola basta para llevar a su autor a la cúspide de la literatura universal, y el tedio de
El general en su laberinto, que Gabo escribió con estilo de diccionario. Lo que digo es que no todo lo de García Márquez es genial, y que muchos de sus admiradores no lo han leído.
Hoy tenemos una polémica por
Memoria de mis putas tristes que se trata de un maestro de escuela nonagenario y solitario cuya vida bisbisea su fin y que para celebrar su cumpleaños le pide a la vieja lenona Rosa Cabarcas una doncella virgen. Cabarcas le consigue a una niña de 14 años a la que narcotizan con tés para que pueda yacer con el anciano que se dedica una noche a contemplarla y otra a acariciarla y termina enamorado.
A pesar de la melancolía del anciano que repasa durante la historia los muchos placeres comprados y varios juegos de regresión, el tema es repugnante porque implica la esclavitud sexual de la niñez, la compra sórdida de cuerpos miserables, la perversión, la pederastia y la prostitución. Está bien que esa historia se exprese en los libros. Su lectura servirá de entretenimiento, pero también habrá quien la juzgue una abominación y otros -espero que los menos- verán en ella sugestivas experiencias para su modo de vida. Cada quien puede leer lo que quiera y es libre de sus sensaciones.
Memorias de mis putas tristes se quiere llevar al cine bajo la dirección de Henning Carlsen, utilizando la adaptación a guión de Jean Claude Carrière y con el financiamiento de los gobiernos de España, Dinamarca, México y las empresas Televisa y Femsa. Y ya se han alzado voces en contra.
La Coalición Regional contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe, organización presidida por Teresa Ulloa, ha iniciado acciones legales contra el proyecto fílmico por sus implicaciones en la promoción de la corrupción de menores y la prostitución infantil.
Para la periodista Lydia Cacho
Memorias de mis putas tristes es una apología de la trata de niñas. El nombre de Cacho es evocador del caso de pederastia en el que se vio envuelto el gobernador de Puebla Mario Marín al proteger al empresario Kamel Nacif. Precisamente en Puebla se filmará la versión cinematográfica de la obra de García Márquez.
En mi humilde opinión, el libro tiene poco valor para llevarse al cine; pero encuentro que la riqueza del arte en el cine es que mucho de lo que hay en pantalla nos parezca que no es digno de mirarse.
Nunca me ha gustado la censura. Sin embargo, quien va en contra de la censura debe irlo hasta las últimas consecuencias, es decir que así como debería permitirse la filmación de un viejo lujurioso destrozando la vida de una adolescente, también debemos de aceptar el derecho a repudiar la película, de que sea un fracaso en taquilla y de que no se utilicen recursos públicos para su producción. La libre expresión no termina en el escritor sino que tiene que ver con el lector, con el espectador.
Lamentablemente toda crítica a la película y al libro de García Márquez chocarán con los gritos, gestos y sombrerazos del grupo que se erigen desde hace décadas como la única e inobjetable autoridad intelectual, como los portadores de las buenas conciencias y como las voces del progreso. Dirán que
Memorias de mis putas tristes es arte y que todo lo demás no importa; que ver en la violación ficticia un crimen es moralino; y que García Márquez vale más que cualquier niña de 14 años.
Un caso que tiene los mismos elementos (cine, abuso infantil y una gran personalidad intelectual) mantiene los reflectores internacionales en Suiza. El genial director Roman Polanski al fin fue detenido, cuando iba a recibir un homenaje en el Festival de Cine de Zúrich, por lo que todo mundo sabía. En 1977, en los Estados Unidos de Norteamérica, drogó y violó a Samantha Geimer, una niña de 13 años, y así lo reconoció durante un proceso judicial que se inició en la ciudad de Los Ángeles. En ese tiempo huyó a Europa.
Buena parte de la prensa y de los medios culturales ha considerado injusta la detención por los méritos del detenido, porque la madre que inició la acusación contra Polanski murió hace tiempo y porque la niña ultrajada creció y perdonó a su abusador. Aún más, 138 cineastas, entre ellos Woody Allen, Martin Scorsese, David Lynch, Michael Mann, Pedro Almodóvar y Win Wenders, han solicitado la liberación de Polanski y su principal argumento es que es un artista que debe continuar haciendo arte.
Muchos de los que defienden a Polanski repetirán también que es un artista y todo lo demás no importa; que ver en la violación un crimen es moralino; y que vale más que cualquier niña de 13 años.
Polanski debe ser responsable de sus actos predatorios y recibir el justo castigo. Pedir su exoneración es ser su cómplice.
La imagen de este blog fue tomada de Stop-porno. Plataforma ciudadana para la eliminación de la pornografía y la prostitución de los medios de comunicación. http://stoporno.blogspot.com
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